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La moda de los alimentos milagrosos

La moda de los alimentos milagrosos

Ya parece ser una «plaga» actual de publicidad falsa sobre las virtudes de ciertos alimentos denominados «alimentos milagrosos», no había más que un paso. Paso que ha posibilitado el acceso generalizado a las redes sociales, donde cualquiera puede escribir cualquier cosa, confiando en la infinita credibilidad del prójimo.

Así proliferan esos «reportajes» sobre ese tipo de alimentos pretendidamente convertidos en panaceas universales; recuerden que la panacea universal, la fuente de la eterna juventud y la piedra filosofal han siso buscadas incesantemente por un montón de gente, huelga decir que sin el menor éxito.

Veamos las características comunes de estos alimentos milagrosos. Para empezar, todos proceden del reino vegetal, lo que ya es motivo para empezar a desconfiar. Nada de proteínas animales.

Es curioso: no conozco a ningún omnívoro que haga proselitismo de su dieta ante vegetarianos, mientras que estos, y no digamos si son veganos, no paran de intentar convencer al personal de las virtudes de su incompleta dieta.

Productos vegetales, incluyendo algas. Y cuanto más raros, mejor. Hay algunos de consumo más frecuente: el brócoli, o bróculi, por ejemplo. Nunca he sido capaz de saber qué propiedades, además del color verde, tiene el brócoli que no tenga su prima la coliflor, que para mi gusto sabe mucho mejor. Pues no: nadie le recomendará comer coliflor, pero brócoli... a diario.

Un rollito que vende mucho es el indigenismo. Es el caso de la quinoa. En España apareció la quinoa en los medios porque la reina Sofía, que es medio vegetariana, incluyó un plato de ese pseudocereal andino en el menú de la boda de su segunda hija. Si no, de qué. Hoy nos dicen que comamos quinoa, que es sanísima. Miren ustedes; se sabría hace tiempo.

Otra etiqueta de venta segura: el rollo budista. Todo lo budista, al parecer, es buenísimo. Pues va a ser que tampoco. Que la dieta pretendidamente budista es, a su vez, incompleta. Ah, una duda que tengo: si tanto hablamos de la austeridad de la dieta budista, ¿por qué todas las representaciones de Buda nos muestran a un ciudadano orondo y más bien gordito? A base de arroz hervido uno no se pone redondo.

Coman cúrcuma, dicen, la cúrcuma se ha usado siempre como colorante, tanto alimentario como textil. Se utiliza en la preparación del curry. Pero no es más que un pobre sucedáneo, mucho más barato, del cotizado azafrán. La cosa es que procede de la India, y ya sabemos: buenísimo.

¿Por qué la gente que come mal se empeña en que los demás también lo hagamos? ¿Envidia, quizás? Hay un refrán español que es el colmo de la mala idea: «de grandes cenas están las sepulturas llenas», dice, sin pararse a considerar que hay muchos más ciudadanos fallecidos de inanición o de dietas deficitarias que por excesos gastronómicos, que reconocemos, cómo no, que no son buenos.

Una última cosa, ya puestos. No hay alimentos milagrosos... en ningún terreno. Quiero decir que no hay alimentos afrodisíacos: es otra leyenda o más bien, aspiración humana desde siempre, y un asunto en el que la credibilidad se ha disparado.

No hay nada que funcione, aunque es cierto que una buena cena, más lujosa que austera, ayuda muchísimo... siempre que lo más importante, que es la pareja, sea la adecuada.

Reportaje publicado por la agencia EFE










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