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Diversos estudios demuestran que las personas religiosas viven más

Diversos estudios demuestran que las personas religiosas viven más

Las personas religiosas tienen un motivo más para reconfortarse en su fe: pueden vivir más y mejor que quienes no tienen creencias de tipo religioso. No se trata de un milagro ni una recompensa por su devoción. Es, más bien, una gratificación que se dan a si mismos. Varias investigaciones han confirmado que la religiosidad está asociada a la salud. El motivo puede ser diverso: reduce el estrés, y con él, las enfermedades a las que va asociado; eleva el ánimo, lo que ayuda a recuperarse. La religión también implica unos hábitos más saludables, conlleva unas relaciones sociales que inciden en la prevención.

Hacía tiempo que los médicos sospechaban que los creyentes disfrutaban de mejor salud que los ateos. Ya en 1900 uno de los padres de la psicología, William James, comprobó los efectos terapéuticos de la fe. Sin embargo, ha sido en la última década cuando, de manera reiterada, se han podido comprobar estos efectos con todo el rigor de los ensayos científicos.

La mayoría de estos estudios son epidemiológicos, es decir, constatan el hecho de hay más personas sanas entre quienes creen en Dios y acuden a la iglesia, pero no establecen una clara causalidad del fenómeno. Los autores, no obstante, apuntan posibles explicaciones a este hecho constatado. Una de ellas, la más frecuente es que la religión influye sobre el estado anímico y éste, a su vez, sobre el organismo.

No es difícil inferir que las creencias religiosas, al proporcionar esperanza, suponen un incentivo importante hacia el restablecimiento físico y mental. En cuanto a la salud mental, se han analizado los índices de depresión entre las personas ateas y se ha podido comprobar que superan con creces a los de los creyentes, sobre todo en los ancianos. El Instituto Nacional del Envejecimiento de Estados Unidos realizó una investigación en 1996 en la que aparecía que aquellos ancianos que asistían habitualmente a oficios religiosos padecían menos depresiones y se encontraban más saludables que quienes no lo hacían.

Es sabido que las personas deprimidas sufren un mayor riesgo de fallecer de un ataque al corazón, además de reducir las defensas y favorecer la aparición de enfermedades. Si el estrés, la depresión y la ansiedad agravan los síntomas; la esperanza y el optimismo consiguen todo lo contrario. Tener un motivo para vivir o poder dar una explicación convincente al dolor son algunos de los factores psíquicamente saludables que aporta la fe. El doctor Harold Koenig, de la Universidad de Duke, en Estados Unidos, es el investigador que más se ha destacado en el estudio de los beneficios de la religión para la salud. Una encuesta dirigida por el doctor Koenig reveló que uno de cada cinco pacientes aseguraba que las creencias religiosas habían supuesto la principal estrategia para sobrellevar la enfermedad, lo que a su vez se traducía, en menor número de depresiones.

Algunos de los beneficios atribuidos a la religión son de tipo subjetivo y han podido medirse a través de entrevistas con los pacientes, pero muchos otros de estos beneficios han podido certificarse clínicamente. Así, el doctor Koenig practicó análisis de sangre a grupos de pacientes que se declaraban creyentes practicantes y al compararlos con los de quienes no vivían la religión de manera tan intensa, encontró que el sistema inmune de los primeros estaba más fortalecido.









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